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Elemental, querido Jeckyll (una historia del misterio, capítulo 11)

  • Foto del escritor: Javier Arriero
    Javier Arriero
  • 13 oct 2025
  • 3 Min. de lectura












En 1886, Robert Louis Stevenson publica una novela acerca de un doctor bondadoso llamado Jeckyll que descubre en su interior un lado oscuro, que se hace llamar Míster Hyde, y al que el doctor libera de forma accidental a través de una pócima. Jeckyll cree que es la pócima la que ha creado el monstruoso. Lo que no sabe es que Hyde siempre estuvo ahí.

Alrededor de 1900, tras una larga investigación, un médico austriaco descubre que ese lado oscuro, que parecía exclusivo del buen doctor Jeckyll, está en el interior de toda la humanidad. Incluido él mismo.


Sigismund Schlomo Freud tardó mucho en encontrar ese lado oscuro, y para ello tuvo que rastrear paso a paso las pocas pistas que va dejando. El problema es que nuestro buen Jeckyll censura constantemente a nuestro Hyde. Jeckyll considera demasiado feo a Hyde como para permitir que exista, así que trata de eliminarlo, pero no puede. Lo único que puede hacer es esconderlo y obligarle a callar. Freud tuvo que esforzarse para anular la censura. Al principio de su carrera usó la hipnosis como terapia. Más adelante comprobó que, si el paciente se encontraba en un estado de relajación adecuado, por ejemplo, tendido en un diván y parloteando acerca de lo primero que le pasara por la cabeza, Jeckyll bajaba la guardia, y el Hyde interior podía aflorar. Pero como mejor podía expresarse Hyde era cuando Jeckyll estaba dormido; a través de los sueños.


Freud describe una corriente invisible y profunda enterrada en el interior de todos nosotros, el subconsciente. Es una especie de trastienda donde guardamos bajo llave aquellas pulsiones que por una u otra razón consideramos inaceptables. Pero las pulsiones no desaparecen. Van a parar a un sótano situado bajo la casa de Jeckyll. Y allí el subconsciente permanece oculto, pero nunca calla. Su voz nos llega, y lo hace de un modo que influye de forma decisiva en el bueno doctor Jeckyll. Jeckyll, el consciente, ignora que en realidad está gobernado de una manera podríamos decir que artística, puesto que no es explícita, por Hyde, el subconsciente.

Freud sostenía que algunos trastornos mentales podían curarse si se lograba que los dos protagonistas de esta historia se sentaran a dialogar a la misma mesa. Pero el consciente y el subconsciente emplean idiomas distintos. El subconsciente habla, sí, pero para ser entendido necesita un intérprete, que es el psicoanalista. El problema es la ausencia de un sistema de interpretación.


Como el mismo Freud admitió, un puro es en ocasiones sólo un puro. ¿Pero en qué ocasiones un puro sólo es un puro? El subconsciente se expresa con más libertad en los sueños, pero es el psicoanalista quien decide qué es lo que intenta decir, o más bien, callar. No es un mero observador. De entre un complejo magma de imágenes oníricas selecciona los elementos que considera significativos para formar con ellos una narración más o menos lógica, y desestima el resto. El psicoanalista es un investigador de metáforas, porque el subconsciente es un poeta que sublima los instintos. Bajo cada imagen, el doctor Jekyll trata de ocultar a Mr. Hyde: obeliscos, trenes que entran en un túneles, espadas hundidas en lagos, ¿Y por qué es roja la capa de caperucita y qué pretende realmente el lobo cuando habla de comérsela?. El psicoanalista se convierte en narrador, y eso le convierte en artista, pero le invalida como científico.


Detrás de Freud no está Aristóteles, está Platón. El ser humano es un auriga que trata de conducir a dos caballos que corren hacia lados opuestos, la razón y la sinrazón, y esos dos caballos son el doctor Jeckyll y Míster Hyde.

Sin duda, Freud tuvo que enfrentarse a su propia oscuridad antes de mostrarnos la nuestra, pero nos ocultó cuidadosamente el relato de esa lucha. Destruyó sus escritos personales, y aquellos que no fueron destruidos permanecen bajo la custodia de sus biógrafos oficiales. Freud no quería que viéramos a su propio Hyde.


De nuevo, como en el caso de Marx, hay un problema de género literario en las teorías de Freud. Se presentan como ensayos científicos, que exigen por tanto una lectura literal e incuestionable, cuando en realidad forman parte de la literatura. Como relato, las teorías de Freud son poderosas, y arrojan una nueva luz sobre el ser humano. Pero no deben seguirse al pie de la letra.

El problema estriba en que en el siglo XIX se denomina ciencia a cualquier forma de conocimiento, de modo que todo conocimiento es interpretado de forma literal. La siguiente historia es la de alguien que se planteó esta cuestión: de qué hablamos cuando hablamos de ciencia.


CONTINUARÁ...


 
 
 

1 comentario

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Susana
15 oct 2025
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Freud es Dios😊

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